jueves, 2 de diciembre de 2021

ME LAS PIRO, VAMPIRO



En una entrevista para The New York Times, Anthony Hopkins confesó lo siguiente sobre su primer día de colegio:

“Me sentía el más tonto de la clase, quizá tenía problemas de aprendizaje, pero era incapaz de entender nada. Mi infancia fue inútil y enteramente confusa. Todo el mundo me ridiculizaba”

Quizá nuestra experiencia no fue tan decepcionante como la del afamado actor ni tan inútil. Después de ver algunas imágenes de África, Rusia o Afganistán, sin duda, nuestra infancia no fue de las peores. En realidad fue la mejor que podíamos tener o la única de la que disponíamos en aquel entonces. 

Nuestros padres y tutores, en cierto modo, lo hicieron lo mejor que pudieron. Aprendieron sobre la marcha porque sus padres y los padres de sus padres no tuvieron tiempo para consideraciones. No disponían de consejeros, educadores o libros de autoayuda para saber afrontar cada circunstancia. Muchos de ellos vivieron una posguerra, o las consecuencias de una vida con pocos recursos, todo ello en medio de una gran desinformación que siempre respondía a nuestras preguntas con aquella acepción casi mágica y natural de: "porque yo lo digo" "cuando seas padre, comerás huevos". 

En aquel momento nuestros progenitores no eran conscientes de ello, pero nos transmitieron todas sus dudas y temores: "no hables con extraños, no aceptes caramelos, cuidado con el hombre del saco"...


NUNCA FUI TAN FELIZ COMO CUANDO NO TENÍA NADA 

Aún no calzábamos zapatillas deportivas ni teníamos todo ese material didáctico y tan atractivo del que se dispone ahora y que incluye los dispositivos electrónicos como smartphone, tablets y ordenadores portátiles, o las mochilas con personajes de cómic y películas de dibujos animados, pero con lo que teníamos entonces ya éramos felices, porque contábamos con lo más importante; el cariño de nuestras familias, nuestra imaginación y los amigos del colegio. Los juguetes eran muy sencillos, pero capaces de despertar en nosotros el lado más creativo y fascinante. Una gran y deliciosa ingenuidad antes de que la vida nos hiciera ser más exigentes o inconformistas.

Algunos de nosotros dejamos atrás una época de espacios grises y televisores en blanco y negro para despertar en un país en el que se ensayaban los primeros trazos de una joven democracia, lo que supuso la apertura hacia nuevas y desconocidas libertades. Pronto llegaron las series de humor británicas, las canciones de los Beatles, los guateques o los videoclubs. La vida ya era en color y no teníamos miedo de nada, porque habíamos sobrevivido a los columpios de hierro oxidado, las calles de tierra, beber del agua de la manguera, el pegamento, los petardos, los tirachinas, la zapatilla de nuestra madre o la regla de madera...

Los ochenta irrumpieron en nuestras vidas con canciones, películas y experiencias inolvidables, nuestros juguetes, libros, actividades y percepción de la vida habían mejorado. 


Como decía el sabio: "no sabemos a dónde vamos  sino sabemos de dónde venimos". Y muchas cosas han cambiado, aunque en cierto modo, todo lo que vivimos en aquella época nos ayudó a apreciar más lo que tenemos ahora. Como respondió Rambo cuando le dijeron que la guerra había terminado: "Usted está vivo, yo sigo vivo y todo lo demás continúa igual"


jueves, 28 de enero de 2021

UN NIÑO ABSORTO EN SU MUNDO


 


En el año 1970, cuando la mayoría de nosotros apenas teníamos 6 años, cruzamos por primera vez las puertas del Colegio La SEDA. Ese mismo año estrenaban los Beatles su canción: “El largo y tortuoso camino”, y para nosotros, el primer día de colegio se parecía mucho a esa canción. Habíamos dejado atrás la comodidad de nuestros hogares y no sabíamos a qué nos íbamos a enfrentar. Parecía que nos habían reclutado para ir a la guerra y algunos niños lloraban porque tenían miedo a lo desconocido, pero los profesores de entonces nos ayudaron a adaptarnos y pronto correteábamos alegremente por todas partes. Sobre todo a la hora del recreo.


En aquel tiempo, el patio del colegio, era de tierra y la lluvia formaba surcos con los que tropezábamos constantemente. 

Mientras jugábamos al fútbol, el antiguo director, el señor Ramón Ballarín nos vigilaba desde la terraza desayunando su característico racimo de uvas. Si alguien no se portaba bien, hacía sonar su silbato y nos castigaba recogiendo los dátiles que habían caído al suelo desde una palmera centenaria que crecía junto a la pista de baloncesto.

Antes de volver a clase formábamos en fila y en silencio, marcando una distancia con la yema de nuestros dedos sobre el hombro del niño de delante. 


Desde el aula podíamos ver muchas veces, asomados a la ventana, al jefe de estación con su gorra de terciopelo, visera reluciente y un banderín rojo dando la salida del tren, a veces, mientras todavía le mirábamos embobados, nos saludaba con la mano.


Algunos viernes por la tarde, creo que era cada quince días, teníamos cine. ¡Era algo fantástico, porque aún no existía el vídeo! El señor Lladó junto con el director Ballarín proyectaban una película de 24mm, en blanco y negro, que casi siempre era de Charlot, Tlntín o del Gordo y el Flaco. Mientras reíamos con la película podíamos tomar un refresco de naranja que se llamaba Mirinda y que costaba 15 pesetas (9 céntimos de ahora). Ese era uno de los mejores momentos de toda la semana.


En aquellos años vivíamos vidas sencillas. No teníamos Internet ni videojuegos o teléfonos móviles, pero éramos felices con muy pocas cosas: unas canicas, un tebeo o unos cromos de fútbol o de personajes de nuestras series favoritas: Pipi Calzaslargas, Popeye o Mazinger Z...


Aún conservo mi libro de matrícula, con la foto de mi primer día de clase, y mi libreta de notas, en aquella época teníamos 10 asignaturas y además también se puntuaba nuestro comportamiento y relación social. Este último boletín 1977-78 lo firmaba el tutor, el señor Jesús Círia.


Ya han pasado más de 40 años y recuerdo la época del colegio con cariño. Me gustaría disponer de una máquina del tiempo para regresar al pasado, hasta aquel momento. 


Muchos de aquellos profesores incentivaron en alguno de nosotros el amor por el lenguaje y la literatura. Quizá por eso, hoy soy escritor y ya he tenido la oportunidad de publicar cuatro libros. Es algo que les agradeceré siempre y también aquellas tardes de tebeos, libros de aventuras y redacciones sobre lo que habíamos leído.

Libros como este: “Viaje al centro de la tierra”, de Julio Verne.


Algunos profesores y alumnos ya no están entre nosotros, a pesar de ello hemos mantenido el contacto con casi todos los de aquella época y compartido muchas anécdotas y recuerdos a lo largo de todos estos años. En cierto modo, pasamos una buena parte de nuestra infancia juntos y compartimos muchas experiencias inolvidables.


Durante nuestra época de colegio aprendimos todo lo necesario sobre: historia, matemáticas o naturales, participamos en actividades deportivas y creativas, pero lo mejor que aquellos profesores nos enseñaron era sobre cuál debería ser nuestra actitud ante la vida.  Aprendimos la importancia del respeto y la dignidad, del trabajo en equipo, del esfuerzo, la honradez o simplemente pedir las cosas por favor y dar las gracias.


Todo aquello son algunas de las cosas que hemos intentado transmitir a las siguientes generaciones. Porque saber el nombre de todos los ríos de España o quienes eran los reyes Visigodos podría tener cierta utilidad en la vida, pero aprender a comportarnos, ha sido el mejor legado que recibimos de entonces.


Terminamos el colegio en el año 1978, quizá algunos de los que me están escuchando todavía no habían nacido y solo deseo recomendaros que viváis esta época tan intensamente como lo hicimos nosotros, que aprovechéis al máximo esta oportunidad para aprender a tomar decisiones inteligentes, ser respetuosos y tener una buena actitud ante la vida.




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