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Imagen tomada del Museo Virtual de viejas fotos. 20 minutos |
De todos los juegos en los que participábamos durante el recreo; si tuviera que redactar un listado de los más brutales, sin duda éste podría encabezar la lista de los peores.
La velocidad, la fuerza del salto y la caída a lomos de otros alumnos eran proporcionales a sus dolores de espalda y contusiones varias.
No voy aquí ahora a detallar en que consistía el juego, ya que sobre ello existen innumerables páginas nostálgicas y documentales de la época, más bien quiero centrarme en lo que se sentía entonces durante su práctica.
Debo decir antes de nada, que jugábamos al churro con tal pasión e intensidad que muchos profesores lo prohibieron. La selección de los candidatos era cuidadosa, solo los más fuertes y resistentes para un espectáculo propio de los quarterbacks de la liga americana.
Al árbitro le llamábamos “la madre”. Era el único que debía mantenerse de pie y sin moverse, sujetando toda la fila de cinco potros salvajes. Una vez que ya habíamos saltado todos; los que soportaban nuestro peso, debían responder a una pregunta con tres opciones, si acertaban, serían ellos los que saltarían a continuación y si no, continuarían debajo todas las veces que fueran necesarias hasta que encontraran la respuesta:
-¿Churro, media manga o mangotero?. Adivina lo que hay en el puchero.
Saltar desde esa distancia y caer con todo el peso de nuestro cuerpo sobre los otros abatidos muchachos nos hacía sentir poderosos. En el fondo era un sentimiento mezquino.
Me pregunto por qué era tan popular este juego y lo cierto es que en la vida casi nunca he tenido tantas opciones como respuestas. Aprendí sin embargo que unas veces nos toca saltar y otras, agacharnos. Lo más divertido era lo primero, pero estar agachado y soportar, fue lo que realmente nos hizo más fuertes.